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| 150 Aniversario de la SMA | |
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Capítulos 3.- Los primeros compañeros mueren 4.- La salud de monseñor se resiente 5.-La muerte de monseñor de Bresillac
Pueblo de M. Brésillac
Biografías
Tumba de Mons. Brésillac en Castelnaudary
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150 años muerte de Marion Brésillac El 25 de Junio celebraremos 150 aniversario de la muerte de nuestro fundador Monseñor Marion de Brésillac en Freetown, después de haber visto morir todos sus compañeros de aventura. Os invitamos a recorrer los meses, casi mejor dicho días, que pasó en Freetown, y recordar aquellas dolorosas paginas a través de los escritos que conservamos del mismo fundador y otros compañeros. Lo tenemos dividido en estos cinco capítulos Después de meses de viaje y de problemas el 14 de mayo, unas líneas en su diario dan fe de su llegada a Freetown y del reencuentro con los compañeros que ya habían llegado meses antes: “El sábado 14, al levantarnos, divisamos las montañas de Sierra Leona. Entramos en el puerto hacia mediodía, anclamos a la una de la tarde y a las dos saludábamos al fuerte. Antes de las tres, nuestros queridos compañeros, el padre Reymond, el padre Bresson y el hermano Eugène, vinieron a bordo y les abrazamos. A las cuatro poníamos pie en esta tierra, ya desde entonces el teatro de nuestro celo, tan afligida en todos los aspectos”. El P. Reymond, en su segunda carta a Mons. de Brésillac, describe Freetown como una ciudad mezcla de todas las tribus del Oeste de África, y ve en ello una repetición de Pentecostés. “La población de la colonia se compone de individuos de toda raza y lengua, que hablan una especie de inglés que los mismos ingleses apenas comprenden. Hay gentes de Dahomey, Popo, Ibo, Loando, Calabar, Soo-Soo, Temnes, Ashanti, Congo, etc”, a los que se podría haber añadido Yoruba y Hausa. Todos los que llegaban a Freetown se quedaban encantados por la belleza del lugar, la magnificencia de la bahía rodeada de tierra. El P. Reymond se declaró “agradablemente sorprendido por la belleza del paisaje”, la situación de la ciudad y la riqueza del suelo. “La tierra es muy fértil y se cultivan la mayoría de las hortalizas de Europa, sobre todo la col y la lechuga. Los plátanos y piñas locales son en este momento las frutas que se venden en el mercado por menos de cinco céntimos la pieza. Sierra Leona se había convertido, como cuenta Mons. de Brésillac en su diario, en “una tierra (...) desolada en todos los aspectos”, donde hacían estragos la viruela y la fiebre amarilla. La primera atacaba a los negros, mientras que la segunda, la peor epidemia en la memoria del hombre, estaba diezmando a la población blanca. En esa época, y durante más de medio siglo, se ignoraba la verdadera causa de la fiebre amarilla.
Freetown era
entonces una ciudad afligida, en la que el “vómito” diezmaba sin
piedad la población blanca, como para encontrar una solución a la
falta de casas o de mobiliario que el P. Reymond había mencionado en
una de sus cartas. Todas las mañanas y noches se hacían la misma
pregunta: “¿cuántos han muerto?”. Los europeos recibían funerales
No hay que extrañarse de que el P.Reymond escribiera, “después de esperar ardientemente la llegada de monseñor, hubiera deseado el retraso de unos meses a causa de la situación”. Pero cuando por fin llegó a Freetown, escribe “estaba tan feliz de verle llegar que olvidó la epidemia, el calor, las privaciones y todo. Hemos pasado unos días felices, riendo, charlando y haciendo proyectos. ¡Hacía seis meses que no nos veíamos!”. Sin embargo, a pesar de la alegría de estar al fin con sus “queridos hijos”, el obispo no se sentía feliz. Después de largos meses de penuria y mendicidad, después de las fatigas del viaje y los retrasos enervantes, había llegado ahora al final de su viaje para ser asaltado por las más profundas inquietudes y la tristeza. Estos sentimientos no venían en absoluto del temor a la enfermedad o la muerte, las conocía. Monseñor no podía soportar el calor agobiante y contar día a día el número de muertos desde la única habitación atestada que constituía la misión. Agotado como estaba, en el Freetown de mayo de 1959, cuando la vida misma era tan precaria y tan preciada a la vez. “Desde el punto de vista físico, el país no parece malo, pero desde el punto de vista moral, no hay nada que se le parezca en desorden. El calor en este momento es agobiante, y esto, unido a las fatigas del viaje y a la incomodidad de estar todos juntos en una casa que no tiene más que una habitación, me ha atacado los nervios, soy incapaz de hacer nada; apenas puedo sostener la pluma para escribirle dos palabras”. “Dicen que los meses últimos han sido muy insalubres y ha sido providencial quizá que nos hayamos retrasado un mes en Dakar, donde empezamos a aclimatarnos. El hecho es que los europeos morían como moscas. El cónsul y el vicecónsul españoles han muerto. El señor Porchat, de la casa Malfilâtre, ha muerto. Hoy ha muerto el señor Combat y una señora católica se está muriendo. Muy pronto habremos enterrado a todos nuestros católicos. Pero tambien ¡qué manera de vivir!” “Todo esto me ha sumido en una tristeza interior que superaré, espero, con la gracia de Dios, pero que me incapacita a escribirle y a hablarle de nuestros asuntos. Tendrá que esperar hasta la próxima semana”. “Saludad a todos, a los de casa y a los de fuera, a todos los que se interesan por nosotros. El hermano Eugène se encuentra mejor, el hermano Gratien va bastante bien; los padres Bresson y Riocreux muy bien en todos los aspectos. ¡Adiós!, No sé lo que estoy escribiendo”
3.- Los primeros compañeros mueren... El 26 de mayo 1859 cae enfermo el P. Riocreux. La mayor parte de los médicos de la colonia habían muerto o habían abandonado el país. El P. Reymond, todavía “doctor de moda”, desplegó sobre él todos sus recursos médicos: Hice uso de los remedios del país, viendo la inutilidad de mis esfuerzos. El 2 de junio parecía sentirse mejor y creíamos que estaba salvado; la fiebre parecía que cambiaba de aspecto. Desgraciadamente, era demasiado tarde. Aquella tarde, a las ocho, expiraba feliz de haber venido a África, y no lamentando más que una sola cosa, no haber podido ser más útil a la misión”. Con sólo 27 años de edad, “niño mimado” del obispo el padre Riocreux había pasado menos de tres semanas en Sierra Leona. En su diario, Mons. de Brésillac no puede disimular su dolor: "Es una inmensa desgracia que podrá tener lamentables consecuencias para la obra. (...) Estoy asustado por los efectos que esta muerte puede tener en la misión. Los designios de Dios son inescrutables, adorémosle en silencio con el corazón roto”. No tuvo tiempo de recuperarse del golpe de esta muerte. Mientras el P. Riocreux luchaba por permanecer con vida, el P. Bresson, que no se sentía bien desde el domingo 29 de mayo, tuvo que guardar cama. Los síntomas que presentaba no eran los de la fiebre amarilla: por tanto, sus hermanos no estaban demasiado preocupados. Pero tres días después de la muerte del P. Riocreux, de Brésillac escribía en su diario: “El 5 de junio, domingo de la octava de la Asunción, muerte del P. Bresson. Es una verdadera desolación. Estaba algo enfermo desde el domingo anterior. No parecía nada grave. La desgracia de la muerte del P. Riocreux no parecía afectarle de forma que nos hiciera temer por sus días. El sábado, de repente, su estado se hizo alarmante y murió el domingo a las 5 de la mañana. Es un nuevo golpe que me deja con el corazón roto, pero por la gracia de Dios, me someto a su santa voluntad, aunque no puedo comprenderla”. El acto que iba a celebrarse durante las tres siguientes semanas, con el calor agobiante de Freetown, tiene el carácter inevitable y desgraciado de una tragedia clásica. Uno tras otro, los personajes se tambalean, se resisten en vano y sucumben. Monseñor Brésillac escribe unos días después... “Y bien, apenas llegados aquí, nos alegramos mucho de reunirnos seis misioneros para comenzar nuestra acción: (...) Éramos felices y trazamos un plan de campaña cuando, en el espacio de tres días, he perdido a dos de estos queridos compañeros. (...) Es imposible decirle el efecto de este doble golpe en mi alma. Por otra parte, la epidemia, la más fuerte que se recuerda desde hace 27 años, no ha pasado, casi todos los europeos sucumben. Hace unos días fue enterrado el obispo protestante”. “En este momento, tengo a uno de los hermanos muy enfermo. Es probable que el P. Reymond y yo sigamos los pasos de los que lloramos ahora, y entonces la misión de Sierra Leona habrá terminado nada más empezar. Pero si Dios quiere dejarme todavía para sufrir en esta tierra, me temo mucho que la desgracia que acaba de sucedernos será un golpe terrible que obstaculice nuestro trabajo”. A la Sra. Blanchet le abría su alma en una carta: "Usted apreciará el profundo dolor que he experimentado y que todavía tengo. Las pruebas no han acabado: mis dos hermanos legos están enfermos en el momento en que le escribo, y ya no tengo esperanza de salvar al hermano Gratien. El P. Reymond está languideciendo y yo estoy medio muerto de cansancio, dolor y por la muerte que nos rodea. ¡Qué golpe tan duro para nuestra obra! En fin, adoremos los impenetrables designios de la Providencia. Ruegue por nosotros y haga rezar a nuestros amigos”. Esta carta lleva la fecha del 12 de junio; estuvo sin terminar y sin echar al correo hasta el 18, fecha en la que de Brésillac añadió la posdata siguiente: “El hermano Gratien ha muerto. Envío al otro hermano a Francia. Desde el día 12, yo mismo he estado muy enfermo; por fin he podido levantarme hoy de la cama. Parece que ha pasado el peligro. He pedido al P. Reymond que le escriba con todos los detalles: él me lo ha prometido, pero no sé si tendrá tiempo y ánimo”.
4.- La
salud de Monseñor se resiente.... P. Reymond escribe el 16 de Junio al hermano de Brésillac dándole cuenta de lo que había pasado desde la llegada de su hermano a Freetown. “El 13 cerré los ojos al último compañero de viaje de monseñor, y me quedé solo con él, que está abrumado con esta triste muerte y no tiene fuerzas para llorar ni para comer. Yo he estado tan cansado estos veinte últimos días sin dormir y sin una comida ordenada que apenas tenía fuerzas para andar. El 12 de junio, monseñor ha podido celebrar la santa misa y dirigir unas palabras a los fieles, pero por la tarde ha caído agotado de cansancio”. Dos días después, el P. Reymond enviaba un mensaje urgente al capitán Vellon, rogándole que el médico del navío fuera a tierra inmediatamente, el Monseñor volvía a tener fiebre. El capitán acompañó al médico y más tarde cuenta así su visita: “Acostado en el cuarto de estar, monseñor conservaba todo su conocimiento, pero por su conversación comprendimos con tristeza que tenía el presentimiento de que su fin estaba próximo. Dos temores le asediaban sobre todo, y no ha dejado de repetírnoslo durante los cinco días que duró el primer ataque de fiebre: que Dios le hiciera responsable del error que creía haber cometido al venir a establecer en Sierra Leona el centro de su misión, después de haberle manifestado Su santa voluntad al quitarle los medios para continuar su obra, y que Dios le llamara súbitamente a su presencia, dejándole sin recibir el Viático en sus últimos momentos”.
Poco a poco, las condiciones de Brésillac mejoraron; parecía que el mayor peligro había pasado ya, y de nuevo sus pensamientos se dirigieron hacia las necesidades de la misión. Una vez más, se sentía consumido por el deseo de abandonar Sierra Leona e ir a Dahomey para intentar de nuevo establecer allí una misión. “Cuando sus dolores eran más llevaderos, Mons. de Brésillac me pedía información sobre los diferentes puntos de la costa que yo había visitado, y parecía inclinado a hacer en el Dahomey idólatra lo que ya tenía pocas esperanzas de fundar en Freetown, entre la Biblia y el Corán. Temía que la acogida mortal del clima a sus primeros esfuerzos socavaría la confianza puesta por sus hombres en él y en el futuro de la obra de la misión africana. Durante la fiebre intentamos en vano desviar estos pensamientos fatigosos y atormentadores de monseñor: sus misioneros desaparecidos, el presentimiento de su propia muerte, su inútil obra en la que había había puesto toda su voluntad de proseguirla en otras partes y el temor de verla desaparecer con él le quitaban la tranquilidad necesaria para su restablecimiento”. El padre Reymond estaba convencido de que de Brésillac estaba ya fuera de peligro. Los numerosos visitantes que venían a la misión veían con satisfacción su mejoría. Al final de su carta del 16 de junio a Henri de Brésillac, el P. Reymond escribe con cierto optimismo: “Espero que permanezcamos anclados aquí sin peligro por lo menos un año. Monseñor acaba de tomarse una buena sopa de ajos que le ha sentado muy bien. Espero que mañana pueda decir misa. Ha comenzado a llover y los truenos se oyen a lo lejos, lo cual es un buen signo. El aire es más fresco y espero que la epidemia disminuya, si es que no cesa. (...)” 5.-Las Muerte de Monseñor de Brésillac]
Conociendo el grado de debilidad del P. Reymond, Brémond le respondió que el hecho de saber que su obispo se estaba muriendo podía ser fatal para él. De Brésillac replicó simplemente: “Fiat voluntas tua”, pero va a ser muy duro para mí morir sin tener un sacerdote a mi lado y sin recibir el sacramento de la extremaunción. Esta observación hizo que Brémond se preguntara si tenía derecho a ocultar al P. Reymond el estado de su superior, y sobre todo si podía privar a un príncipe de la Iglesia, en sus últimos momentos, de la presencia de un sacerdote. Pidió consejo al médico que atendía a los dos, y juntos decidieron informar a Reymond. Éste se levantó inmediatamente, se puso sus hábitos eclesiásticos, tomó los santos óleos y fue conducido ante su obispo para administrarle la extremaunción en presencia del señor Brémond y otras dos personas. Los dos sacerdotes “estuvieron un momento religiosamente abrazados”. Después, Brémond oyó a monseñor de Brésillac que decía al padre Reymond: “Si usted tiene la dicha de salir de su enfermedad, escriba a Roma y diga a la Sagrada Congregación de la Propaganda lo que ha pasado” . Y cuando le preguntaron si quería algo para su familia, dijo simplemente “no” con su cabeza. Los tres hombres abandonaron la habitación mientras el obispo se confesaba. “Unos segundos después fuimos llamados y un comerciante irlandés (M. Quinn), el hermano del señor Seignac y yo asistimos a la administración de la extremaunción. Una vez acabada la ceremonia, monseñor dio un último adiós al sacerdote que fue llevado inmediatamente a su habitación. Monseñor me pidió que no le dejara y que me quedara con él hasta el final. A partir de este momento, debían ser las once, la fiebre hizo rápidos progresos y los signos de un fin próximo se reflejaron en el rostro del ilustre enfermo. La agitación se hizo muy fuerte, pero conservó la lucidez mental hasta casi media hora antes de la muerte”. “En ese momento elevó los ojos al Cielo y dijo con un fervor que jamás olvidaré: fe, esperanza y c... Yo mismo acabé diciendo: ¡y caridad!. “Gracias”, me dijo muy débilmente. Murió a la una y veinte minutos de la tarde con una profunda paz, pero después de haber tenido una terrible agonía de casi media hora”.
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