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Diario de misión:                  

 Todos han leído han Heidegger y  Marx

En lo que va de año, son varios los pueblos que me han llamado para ayudarles a formar una comunidad cristiana: Kpoku Baka, Semankuru, Gban Nata, Alibori, Bii Wiinri y Tantana, y todavía hay alguno que no he tenido la ocasión de visitar.

Es difícil saber las motivaciones que llevan a estos hombres y mujeres a “conocer la persona de Jesucristo y seguir su camino” (son sus propias expresiones). Se habla de la quiebra de la sociedad tradicional, de desamparo ante el mundo moderno, de la atracción que ejercen las obras sociales de la Iglesia, del retorno de lo religioso etc. Una buena encuesta podría aportarnos alguna luz, pero no estoy seguro. Yo creo que, cualesquiera que sean las razones de esta discreta movida, porque movida hay, en el fondo es la búsqueda de trascendencia tanto de Dios como de nosotros mismos.

 

Son los niños los que intentan observar al extraño personaje que ha venido a visitarles hoy escondidos entre los mayores que vienen a recibirme cantando. Aparece una carita sorprendida por entre unas piernas o unos ojos de gamusina me miran desde un extremo del grupo. Son varios los que se han refugiado en las faldas de sus madres, se agarran a unos pantalones o a una mano y estiran sus cabecitas entre temerosos, curiosos y vivarachos dispuestos a correr despavoridos o a echarse jubilosos a los brazos de los suyos. Si tuviera unos caramelos… pero eso sería trampa y jugar con ventaja.

-                     ¿Qué es una gamusina?

-                     Es un bicho que tiene unos ojos tan grandes que lo ve todo, una cola que le da muchas vueltas y el brillo de una perla.

He venido a visitar la nueva comunidad de Tantane. Han decidido constituirse en iglesia, en una familia que quiere reunirse para rezar, para ayudarse mutuamente y seguir el camino de Jesús.

-                     Y ¿por qué no os habéis hecho musulmanes que son más numerosos o seguís las tradiciones de vuestros antepasados?

-                     Ya le digo que es que queremos ayudarnos y seguir el camino de Jesús.

Los niños andan por el suelo, confiados ya, jugando con la arena y haciendo dibujos en ella.

Tantane está en medio de la floresta, perdido por los campos de mijo y algodón. Allí se esconde como los niños, hacia el sur me dice David, y es verdad que hacemos dos o tres kilómetros al sur, pero enseguida nos dirigimos hacia el sol naciente durante diez o doce kilómetros, por aquí debe estar Bini y Gbabi, y después de una altas cañas de sorgo aparece un alpendre lleno de gente que nos recibe con cantos y acompañamiento de tam-tam:

“Bienaventurados vosotros que confiáis en Dios. Saltad y danzad porque Dios está con vosotros”.

Y así entramos en una improvisada iglesia con parabienes,  bienvenidas y palabras de congratulación. Reconozco a Jean Marie, un catequista correcaminos, que es el que toca el tambor y parece llevar la voz cantante y el que ha debido iniciar la comunidad. Se presenta un señor de cierta edad  que dice que le bautizó el padre Erhel hace unos treinta años; le han encargado el papel de presidente de la comunidad, otro dice ser el hermano de Benjamín, catequista de Banikoara, dos jóvenes son catecúmenos, uno de ellos bautizado ya, y vienen a la ciudad todas las semanas al catecismo. En total son cerca de cuarenta personas adultas los que nos han recibido cariñosos, ilusionados y agradecidos. Hablamos tranquilamente y se ríen de mi bariba rudimentario. Yo les pregunto muchas cosas y es posible que se digan que qué cura es este que no para de hacer preguntas y es que en este pueblo de fin de mundo, a propósito ¿dónde están las casas? ¿dónde está el pueblo? detrás de las cañas de mijo que lo tapan, me parece insólita la fe, la necesidad de Dios, el deseo de rezar, de constituir entre todos una familia. Escucho lo que me dicen y trato de explicar lo que me parece elemental de nuestra fe: que Dios es padre y así debemos tratarlo, la venida de Jesús, su hijo, al mundo, la atención al que sufre… pero más que nada me fijo en sus rostros, me detengo en sus gestos, en la chispa y viveza de sus ojos, en su mirar sereno, en la tensión de sus cuerpos que manifiestan una alegre esperanza y un deseo de arrojarse en mis brazos preguntándome con insistencia ¿qué piensas? ¿qué nos dices? ¿qué podemos hacer? Dinos algo. Habla.

Y yo ¿qué voy a hacer yo? Me emociono y asusto. No sé si se darán cuenta, pero me dan ganas de echar a correr. ¿Yo? ¿Quién soy yo?. Quieto parao. No te pongas nervioso que ya deberías tener suficientes recursos. Es la misma esperanza que te ha mantenido vivo en tantos bretes, el mismo impulso que te ha conducido hasta esta mañana soleada de hierbas cargadas de rocío, parece la misma ansia de plenitud que se yergue de esta sabana. Y tú no tienes mucho que explicar porque la respuesta no depende de ti. En realidad sólo esperan que digas que sí, que aceptes, que vengas a verles y a rezar con ellos, que les acompañes y hables con ellos que lo demás lo saben todo. Aquí todos han leído a Heidegger y a Marx, se conocen al dedillo la explotación de su trabajo, la adustez de la tierra, la mordedura de la enfermedad y de la muerte.

Lo que quieren es vencer el miedo y levantar ese impulso hacia la ternura y la fraternidad. Es el amor. Es el amor el que mueve, no me cabe la menor duda.

Y un airecillo juguetón me lleva sobre la moto y se entretiene con mis tardes grises. Hombre, este sí que es un privilegio del misionero.

 

Rafael Marco. Banikoara,

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