SOCIEDAD DE MISIONES AFRICANAS

Diario de misión:

POSEÍDA POR EL DEMONIO

En la parroquia estoy habituado a que venga gente a todas las horas. Eran las dos de la tarde, y estaban llamando a la puerta con insistencia. Era Remi, un maestro muy entregado a todas las actividades de la parroquia, que había llegado en su motocicleta. Todo nervioso, me dice que van a traerme una chica enferma. Mi primera reacción fue decirle que deberían ir al hospital, y no a la parroquia. Pero me responde que la chica está endemoniada, y la traen para que yo haga una oración y eche al demonio. Me quedé un poco pensativo, pues nunca he tenido que enfrentarme con un demonio. Todavía estábamos hablando, cuando llega un coche, y entre dos hombres traen una chica sujeta por los brazos.

 

En ese momento me vino el recuerdo de un endemoniado del Evangelio, que era muy violento, y la gente no podía sujetarlo. Yo pensaba que la traían sujeta por los brazos, para que no se agitara violentamente, pero sólo intentaba tirarse al suelo. Con insistencia la llamaban por su nombre: Monique, Monique… pero no respondía. Tenía síntomas de un gran   agotamiento, y la sentamos en el suelo mientras me contaban lo que le había pasado.

 

Monique estaba con su hermana en un puesto de venta de comida, que tiene su madre a la puerta del hospital. De repente se puso a decir: “ahí está, ahí está...” y cayó al suelo dando unos gritos y quedándose sin habla. La llevaron a casa, pero seguía sin hablar, y no respondía ni a su madre ni a las vecinas. Para el vecindario eran signos evidentes de una posesión diabólica. Su madre, que pertenece al movimiento de Renovación Carismática, fue rápidamente a casa de Remi, que siempre tiene agua bendita para echar los malos espíritus. Le dieron a beber agua bendita y también rociaron su cuerpo, pero la chica no reaccionaba. Entonces pensaron que eso era asunto de un sacerdote, y la llevaron a la parroquia para que yo hiciera unas oraciones que pudieran echar al demonio.

 

    Monique seguía sentada en el suelo y la sujetaban por la espalda. Me acerqué a ella, y la cogí de las manos, pero no hizo ningún gesto extraño ni lanzó gritos como los endemoniados. Tenía las manos frías, pero la frente ardía de fiebre. Entonces les dije que ese demonio se llama paludismo, y había que llevarla rápidamente al hospital. Extrañados de mi respuesta, me preguntaban por qué Monique no podía hablar, si una persona enferma de paludismo habla sin dificultad. Traté de explicarles que la fiebre elevada del paludismo puede alterar las funciones del cerebro, y que yo he conocido a varias personas que han muerto de un paludismo cerebral, por no tomar a tiempo la medicación. Ante la insistencia de Remi, para que yo hiciera al menos una oración por Monique, le tuve que decir que no había tiempo para oraciones, pues debíamos ir rápidamente al hospital.

 

Les acompañé al hospital, para que se dieran cuenta que Monique no estaba poseída por un demonio. La llevaron a una sala de observaciones, y tras tomarle la temperatura, nos dieron una receta para comprar el suero, la quinina, un frasco para la muestra de sangre, la jeringa y la aguja, en la farmacia del hospital. Primero pasamos por caja, donde pusieron el precio de cada cosa, y con la factura pagada, fuimos a la farmacia del hospital para retirar las cosas y llevárselas a la enfermera. Pero no había quinina, y hubo que buscarla en las farmacias de la calle. De vuelta con la quinina, la enfermera no podía ponerle el gotero, pues faltaba comprar el tubo de plástico que olvidaron escribir en la receta. De nuevo pasamos por caja y después por la farmacia para retirarlo. Eran las tres y media de la tarde, y por suerte a esas horas, no había cola para pagar en caja.

 

Cuando la enfermera intentó ponerle el gotero, la aguja era demasiado gruesa y no podía meterla en la vena. Tuvimos que ir otra vez a la farmacia para pedir agujas más finas, pero no había, y al final la enfermera vino con una aguja, tal vez usada para otro paciente. Entre tantas idas y venidas, habían pasado dos horas sin que le pusieran el gotero, pues cada vez faltaba una cosa. Luego fuimos de nuevo a pagar en caja los análisis, y con la factura pagada le tomaron una muestra de sangre que tuvimos que llevar al laboratorio. Cuando ya estaba la chica con el gotero puesto, me marché tranquilo, dejando allí a sus padres.

 

Al día siguiente fui con Remi al hospital para ver a Monique, que ya estaba mucho mejor. Me dijeron que a las pocas horas de ponerle el gotero con quinina, la fiebre empezó a bajar, y ya pudo hablar. Pregunté a Monique cuántos días llevaba así, con fiebre, y me dijo que hacía ya dos días se encontraba mal, pero no lo dijo a sus padres, pues podrían pensar que no quería ir a vender en el puesto de comidas durante esos días de vacaciones escolares.

 

Como Remi tiene confianza con esta familia, le pregunté si había alguna falta de comunicación entre Monique y sus padres, para que la chica no les dijera que se encontraba mal. Entonces empezó a hablarme de otro demonio que enturbia las relaciones familiares. Monique no es hija de ese matrimonio, sino de una relación que tuvo su madre antes de casarse. Su verdadero padre nunca se ha ocupado de ella, pero ahora que la chica tiene dieciséis años, ella quiere conocer quién es su verdadero padre. En la tradición africana, eso se interpreta como una maniobra del padre, que está influyendo mediante poderes ocultos, para que su hija deje la casa de la madre y vaya a vivir con el padre, y así podrá casarla y recibir la dote.

 

Estos son los pequeños demonios con los que la gente tiene que enfrentarse con relativa frecuencia. Unos demonios los van echando con la confianza que les da la oración, pero otros requieren un cambio cultural en las tradiciones africanas. También los discípulos de Jesús pasaron por esa situación, cuando no pudieron echar al demonio de un epiléptico, y Jesús tuvo que decirles: “Hasta cuándo tendré que estar con vosotros”

 

                                             Guillermo Moret

 

 

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