Chiquito, chiquito,
prematuro y abierto a la vida
pero con las condiciones todas
para la muerte.
Chiquito el bebé, pequeñito;
abierto a la caricia, la ternura…
una ternura que nunca llega
de esa madre que yace
desabitada, desangrada, desangelada…,
y que vuelve a la tierra
después de haber dado tanta vida a la vida.
Sin embargo el milagro se insinúa, se vislumbra,
“Allá están las hermanas”;
alguien le dice al padre.
”Aquí está mi motocicleta”,
otro alguien le dice al hermano del padre.
Y él se pone en camino.
Su vida pequeñita – que es una niña -
la lleva en los brazos.
Y lleva también el corazón roto, desgarrado…,
y una luz de urgencia en las pupilas.
Los kilómetros se han hecho eternos.
En mitad de una sabana silenciosa y casi sin senderos.
Pero por fin están ahí, ya han llegado.
El dispensario se dibuja, al final de la mañana,
con bullicio de enfermos, sollozo de niños,
ajetreo de auxiliares, familiares que cocinan,
y una baca blanca
que pasta allá al fondo, en el patio.
Las hermanas llegan,
- el padre las mira con cierto alivio -
traen las manos llenas de servicio,
y los ojos cargados de entrega ( de cansancio también ).
“No hay tiempo que perder”, se dicen.
Y recobran esa vida prematura, amenazada,
sin más instrumental que el mucho amor que las desborda.
Y sin saber el como, pero si el porqué,
el milagro comienza a obrarse.
Y esa niña pequeñita,
tan amenazada, tan al borde de la muerte,
decide quedarse en la vida.
Unos meses más tarde
ella, la niña, recobra el peso justo;
y él, el padre, la recobra con el futuro intacto.
Las hermanas sonríen… contentas…
Y el bullicio del dispensario
las devuelve nuevamente al trabajo.
Paco
Bautista