SOCIEDAD DE MISIONES AFRICANAS

 Diario de misión:  

Entre cuatro paredes

domingo de finales de octubre de 2005 a las ocho menos cuarto de la mañana. Me dirigía a Tebo para celebrar la eucaristía, y en uno de los agujeros del camino se me quedó la moto, perdí el equilibrio y me cayó encima; con la mala suerte que me atrapó el pié izquierdo doblándomelo completamente a la altura del tobillo. El dolor era intenso y a poco más me mareo. Afortunadamente, un grupo de jóvenes que pasaba por allí camino del campo me socorrió de inmediato. Lo primero que hice al tener liberado el pié fue quitarme la zapatilla, pues sabía que el pie se iba a hinchar de inmediato, como así sucedió. Me encontraba a más de 60 Km. de Nikki. Os ahorro detalles, pero el transporte hasta el hospital, primero en moto, después en taxi, fue toda una odisea. El más mínimo bache me hacía ver las estrellas. A las nueve de la noche ya estaba en casa con el pié escayolado, se trataba de un buen esguince. La escayola he de llevarla mes y medio, y después tendré varias semanas de rehabilitación. Así que no me queda otra que practicar la paciencia y curarme.  

    Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga. Y yo aprovecharé el reposo forzado para seguir estudiando baribá. Todo sea por el Reino, y por compartir el evangelio con estas gentes, ¡que de verdad se lo merecen!.

    Y en estos días de convalecencia he comenzado una aventura de lo más curioso. Encerrado en las cuatro paredes de mi cuarto, me ha dado por recorrer los caminos de Galilea, y lo hago junto a  Jesús, un personaje desconcertante y conmovedor al mismo tiempo. Me he unido al grupo de sus seguidores. ¡Qué magnífico el lago de Genesaret al atardecer! ¡Que bullicio en la ciudad de Cafarnaún y sus contornos!

 

    Cada día este Jesús me sorprende más. A todos alienta, cura a los enfermos de cualquier dolencia, proclama a un Dios cercano, y quiere que las injusticias se acaben, y que los poderosos dejen de masacrar a los pequeños. Oí de su boca, de la de Jesús, palabras muy duras para los que solo piensan en acumular. Sin embargo a los pobres, a los que pasan hambre, a los que sufren, a los que son perseguidos porque sueñan un mundo mejor, los llama bienaventurados.

    Un día acusó con gravedad a los que dan un rodeo cuando el hermano está herido en la cuneta, y se lo dijo a los mismísimos sacerdotes,  preocupados solo de no llegar tarde a la oración y despreocupados del sufrimiento ajeno.

 

    Me he fijado también en sus discípulos, en Pedro, en Santiago, en Juan, Andrés y en todos los demás. Lo siguen con entusiasmo, pero no se enteran demasiado bien de las pretensiones del Maestro. Se imaginan que Jesús llegará a Jerusalén para convertirse en un Rey poderoso capaz de expulsar a los romanos del suelo de Israel. Y entre ellos pude ver como se disputaban los primeros puestos, y discutían quién era el más grande.

 

    Pero las cosas se pusieron feas. Las autoridades de Jerusalén, los sacerdotes y la gente apoderada, veían en su doctrina una amenaza para sus intereses económicos, y para la estabilidad religiosa y política del país. Y comenzaron a acosarlo, con la firme decisión de llevarlo a la muerte en cuanto pudiesen. 

    Y camino de Jerusalén Jesús comenzó a hablarle a los suyos con enorme claridad: “Me van a condenar a muerte y me crucificarán como a un malhechor. Pero venceré la muerte y al tercer día el Padre me devolverá a la vida. Y el que de entre vosotros quiera ser el primero que se haga el servidor y el esclavo de todos”. Aún veo la tensión en el rostro de Jesús y la cara de desconcierto y de miedo en sus discípulos. 

    Y así fue, inexplicablemente, uno de los suyos (Judas Iscariote) lo traicionó. Y los sacerdotes, aprovechando el bullicio de la fiesta de Pascua, lo apresaron, lo presentaron al Gobernador romano de turno, un tal Poncio Pilatos, y lo condenaron a muerte como agitador de las masas y por pretender ser el Rey de los judíos.

     Fueron horas tristes y de mucha angustia. Los suyos huyeron despavoridos. Él fue crucificado junto a dos supuestos ladrones a las afueras de la ciudad. Tan solo su madre, María, y algunas mujeres más permanecieron al pie de la cruz. Yo lo contemplaba todo a distancia y sentía el desgarro en mi corazón y en mis entrañas.

     Inusitadamente, algunos días más tarde, surgió la gran noticia: estaba vivo. Las mujeres fueron las portadoras del anuncio. Dios lo había devuelto a la vida (como él ya dijese), y sus amigos comenzaron a proclamarlo por todas partes como Resucitado. Después les oí decir que, tras manifestárseles vivo, volvió al seno del Padre, pero que nos dejaba su Espíritu para que sigamos luchando por un mundo más justo y no desfallezcamos en el intento. 

    Este es el viaje, que encerrado en mi cuarto y con el pié escayolado he tenido la oportunidad de hacer. Y lo más hermoso, lo más emocionante, es que todo lo he oído en baribá, y en baribá lo he reflexionado, en la lengua de estos hermanos míos con los que quiero compartir la Buena Noticia de Jesús, que está al lado de los pobres, de los hambrientos, de los que sufren, de los perseguidos a causa de su nombre, y que nos alienta con su Espíritu a que vivamos con la dignidad que solo Él sabe darnos.

     Desde estas cuatro paredes un abrazo muy fraterno para todos. Y espero que junto a mi hayáis disfrutado del viaje.

 PD: Este viaje tiene trampa, no es una aventura de unas horas, de unos días, sino de toda una vida. Por eso hay que tener la humildad suficiente y la confianza necesaria para pedirle a Él las fuerzas que necesitamos.

 

 

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