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Diario de misión:                  

 EN PRIMERA EVANGELIZACIÓN

La parroquia de Goumori está preparando el primer aniversario de su creación como parroquia. A lo largo de este año ha habido ciertos progresos en las sesenta comunidades que forman la parroquia. En el pueblo de Goumori ya no se oyen solamente los altavoces de las mezquitas, pues todas las mañanas suena la campana de la iglesia. A las seis y media de la mañana, cuando los musulmanes han terminado sus rezos, yo hago sonar cien campanadas para que todo el pueblo pueda oír la llamada de la comunidad cristiana a la oración. La campana no es muy grande, pero tiene su valor por ser el regalo que hacía el Padre Erelh a las primeras comunidades que iba fundando en los años sesenta y setenta.

 De lunes a viernes, después de sonar las campanas, me voy a los pueblos, pues tengo la misa a las siete de la mañana en los pueblos más importantes, y esos días los catequistas dirigen la oración en Goumori. A veces se duermen o se olvidan que les toca el turno de la oración, y eso se hace sentir en ese pequeño grupo de personas que vienen regularmente a la oración, pues tienen que marcharse cansados de esperar. De cuando en cuando digo a los catequistas que, si nuestra iglesia se queda cerrada durante la semana, eso es un signo de la poca estima que tenemos por nuestra fe cristiana, mientras que los musulmanes abren las mezquitas todos los días.

 En los pueblos que son cabeza de distrito tenemos la misa un día fijo por semana, para que la Iglesia se haga visible con mayor regularidad. Cuando llego a las siete de la mañana, allí está la gente esperándome. La mayoría son personas mayores, que han recibido el bautismo este año, pero también hay gente joven que viene a la misa antes de ir al trabajo. La regularidad de la presencia del sacerdote es importante para estas comunidades, pues así saben que un día fijo a la semana hay misa en el pueblo. Salir temprano por las mañanas en moto supone un gran esfuerzo, sobre todo en los meses de lluvia o cuando hace el viento frío del harmatán, pero hay una compensación al ver que cada vez viene más gente a misa, y gente muy diversa, como funcionarios, comerciantes, mujeres con sus niños, jóvenes y viejos.

 Esas comunidades que existen en los pueblos más importantes son el fruto del trabajo de todos los misioneros que me han precedido. Durante cuarenta años fueron visitando esas comunidades, y así mantuvieron la fe de esa gente que iba dando sus pequeños pasos en el camino de la fe. Cuando llegué a Goumori hace un año, para residir como primer sacerdote en dicho pueblo, empecé a visitar esas comunidades con cierta regularidad, y encontré que había mucha gente mayor que no había recibido el bautismo por no haber hecho la catequesis preparatoria. Esa gente mayor llevaba bastantes años en la comunidad, y algunos habían conocido a los primeros misioneros. Todos fueron bautizados en Pascua, y ahora me esperan a la puerta de la iglesia el día que hay misa en el pueblo.

 Si en los pueblos más importantes se nota el trabajo realizado por todos los misioneros que fueron pasando por esas comunidades, la realidad es muy distinta en las granjas dispersas en medio de esta sabana africana. La gente que vive en las granjas ha dejado los pueblos para instalarse en nuevas tierras de cultivo. Junto a los campos construyen la casa, y así van formando pequeñas agrupaciones de granjas, estando las casas a cientos de metros unas de otras, y a veces a varios kilómetros. Llegar a esas comunidades resulta difícil, pues los caminos son sendas que se entrecruzan para ir a las diferentes granjas de campesinos o de pastores peulh. Esas comunidades sólo las podemos visitar unas cuatro veces durante la estación seca, de noviembre hasta junio, pues aquí la estación de lluvias es más corta, y con las primeras lluvias la gente trabaja en el campo y no está para rezos. Después disminuye el trabajo en el campo, a medida que el maíz y el algodón van creciendo, pero los caminos quedan cortados por los arroyos hasta el mes de noviembre.

 Cuando visitamos las comunidades de estas granjas nos dirigimos a la casa del presidente o del catequista de la comunidad, y después de los saludos habituales nos sentamos a la sombra de un árbol. Tenemos que armarnos de paciencia, esperando que llegue la gente, mientras el catequista va en bicicleta por esas sendas, anunciando nuestra llegada a las restantes personas de la comunidad. La reunión tiene lugar junto a un árbol, donde han clavado una cruz para indicar que es el lugar de oración de los cristianos. Unos troncos, dispuestos en varias filas o en círculo, sirven de asiento.

 La falta de catequistas es la mayor dificultad para que estas comunidades de las granjas puedan ir progresando en la fe. Si la persona que dirige la oración no está muy motivada, la gente no se reúne, y espera nuestra visita que tan sólo es posible unas cuatro veces al año. A pesar de todo, estas comunidades se mantienen año tras año, y ese número sigue creciendo, pues la gente de otras granjas más alejadas se entera de nuestra visita, y también quiere que pasemos a rezar con ellos. Cuando se creó la parroquia de Goumori el año pasado había unas sesenta comunidades, y ahora ya son unas setenta. El trabajo nos desborda, pero tenemos que hacernos presentes allí donde nos llaman, aunque sea reduciendo el número de visitas a cada comunidad.

 En esta parroquia hay pues, trabajo de primera evangelización para muchos años, pero hace falta un verdadero esfuerzo para llegar hasta esas granjas dispersas por la sabana africana. Esta gente son los pobres de la sabana, pues no tienen ni pozos, ni escuelas, ni dispensario, ni mercado, ni cualquier otro servicio propio de un pueblo. Anunciar el evangelio a los pobres es un signo de la presencia del Reino de Dios, y esto nos anima a coger la moto y recorrer ese laberinto de sendas que llevan a las granjas.

                                                       Guillermo Moret. sma

 

 

 

 

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