|
Los
padres Reymond y Bresson y el hermano Eugène fueron elegidos para
ser los primeros en partir a Sierra Leona. Al escoger al P. Reymond,
Mons. de Brésillac sabía que enviaba a su misionero más valioso,
después del P. Planque. Según los informes de todos los que le
conocían, así como por sus escritos y hechos, era evidente que el
P. Reymond era un hombre de un valor extraordinario. Poseía la
alegría sin la cual un misionero no puede durar mucho tiempo, nunca
estaba ocioso, estaba dotado de un buen sentido práctico, sabía
percibir las necesidades y las posibilidades de una situación y en
los momentos difíciles era fuerte como una roca.
La
Señorita Blanchet lo describe así en su diario:
“El
P. Reymond era un sacerdote eminente, admirablemente dotado, que sabía
todo y que hacía todo lo que quería con su pluma y sus manos.
Estaba lleno de espíritu, era original y alegre. Sus cartas y sus
relatos estaban llenos de humor. Era médico y muy ducho en historia
natural (había escrito un libro de botánica), y al mismo tiempo
era un artista. Monseñor le quería mucho y le consideraba como uno
de los auxiliares más valiosos para las misiones. Él mismo se
llamaba ‘Obispo de Whyda’. Componía y trabajaba sin cesar,
ordinariamente tumbado en el suelo, en su habitación o en la de
Monseñor, mientras éste escribía en su mesa de despacho”
El
4 de noviembre cuando parte la primera expedición escribe Bresillac
en su diario:
“Hoy
se han embarcado en el Express. Yo les he acompañado hasta mar
abierto y he vuelto en la barca del piloto después de haberles dado
mi bendición”
El
12 de enero de 1859 llegan a Free-Town (Sierra Leona ) y
el
P. Reymond moría el 28 de junio de este mismo año víctima de la
fiebre amarilla. El comerciante Charles Brémond escribió en su
diario:
“Sin
ninguna queja y con una paz perfecta, pasó los últimos días de
junio, el 26 y el 27. A las tres de la mañana del 28 de junio, fui
llamado por mi criado y encontré al P. Reymond sin conocimiento y
con los estertores de la muerte. Todo fue inútil, no pudimos hacer
que abriera los ojos ni que pronunciara palabra. A las seis en punto
dio su último suspiro”.
“Esa
misma tarde a las cinco, sus restos mortales, acompañados por
muchas personas, fueron también enterrados al lado de sus compañeros
y de su digno y venerable Obispo que le habían precedido. (...)”
“Antes
de que fuera llevado a mi casa, el P. Reymond había consumido las
Sagradas Formas”
|