Marina Gómez Sanz

Por un sueño común, por África

Encuentro de Jóvenes por África 2005

 

 

Grupo de Jóvenes

 

Vestidos de africanos

 

Eucaristía

 

Practicando un poco

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A primeros de abril se celebró el quinto encuentro de jóvenes para conocer África. Para mí fue el primero, pero creo que no será el último. Aunque la aproximación al continente desconocido tuvo sus limitaciones por cuestiones de tiempo y espacio, llegué a sentirme africana en algunos momentos excepcionales. Una experiencia que ha agitado los muebles de mi mente occidental. Pese a que no se llegaron a romper mis esquemas (la vuelta a la vida urbana lo impidió), una pregunta trata de cambiarlos desde el primer instante del encuentro, cuando el misionero Pepe se planteó: “¿para qué sirve mi vida?”.

 

A partir de ese momento, me dejé llevar por los caminos de la sabana del Benín, trasladados sutilmente hasta Sonseca (Toledo) por los organizadores del evento. El sendero de este año se adentró hasta el corazón de la familia africana y las dudas sobre el sentido de mi vida quedaron, momentáneamente, en un segundo plano. Este camino provocó en ciertos momentos un enfrentamiento cultural, por ser incapaces de comprender algunos de los valores de esa civilización tan lejana. Pero lo más sorprendente fue encontrar otros valores, que no hace mucho tiempo, fueron los pilares de nuestra familia y que, hoy por hoy, se encuentran en peligro de extinción. Es el caso, por ejemplo, de la figura de los ancianos. Tanto el respeto a ellos como su papel imprescindible en el clan choca con la situación de los abuelos españoles, algunos convertidos en una carga que pasa de casa en casa mensualmente, o en un mueble viejo e inservible guardado en la residencia. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué ha sido lo que ha cambiado tanto en nuestra cultura para que hayamos enviado a este sector de la población al ostracismo?

 Otro de los valores más envidiables de la familia africana es la unidad. Cada uno tiene su papel que realizar, vital para el bienestar común del clan. Los hombres trabajan el campo, las mujeres van a por agua y caminan kilómetros para tenerla preparada antes del amanecer, los ancianos vigilan que todo se haga correctamente e intervienen para poner paz en los posibles conflictos que puedan surgir… La estructura está claramente definida y es digno de alabar como cada miembro familiar asume su tarea con conformidad y alegría, porque se siente útil a la causa. En cambio, en nuestras familias cada uno se desarrolla para su propio bien. Desde que entramos en la madurez, elegimos el camino de nuestra vida según nuestros intereses, sin contar con los intereses de los demás, y menos aún con la causa familiar. Unos se esfuerzan más que otros por alcanzar sus sueños, pero ¿en qué consisten esos sueños? “En mi felicidad, en mi futuro, en mi trabajo, en mi…” En este mundo individualista hasta los sueños son unipersonales, ni siquiera eso se comparte.

 Ahora, de vuelta a la realidad en Madrid, pero todavía con los tambores resonando en mi conciencia, me planteo desde otra perspectiva el sentido de mi vida y mis sueños. El desconocimiento, la pereza y el individualismo no son pretexto para cerrar los ojos ante las atroces desigualdades de la Tierra. La Tierra es única y es de todos, por lo que debe de girar entorno a un mismo sueño si no queremos que se pierda en la infinidad de las galaxias.

 En el encuentro pudimos recordar el sueño de Martin Luther King por la paz y la igualdad racial. Precisamente la violencia le arrebató su vida, pero su sueño ya estaba sembrado. Cincuenta años más tarde, aún no se ha cumplido por completo, pero ya no es un sueño sino una realidad alcanzable. Con el vientre dulce, como sienten los africanos, gracias por despertarme de mi sueño para unirme a otro aún más grande: el de una justa realidad

                                                                                                 Marina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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