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Encuentros:
SEUDU
El príncipe
minusválido
Cuando estuvieron en
Parakou unas señoras de una parroquia de Madrid, fuimos a visitar el
palacio del rey, que tiene un cierto interés porque hay dos gigantescos
baobab delante del palacio. Cuenta la tradición que un rey nagó envió a
uno de sus príncipes a la frontera norte de su reino, para contener las
invasiones del pueblo bariba. El príncipe iba buscando un lugar propicio
donde pudiera vivir largos años, y al ver esos baobab que son árboles
centenarios, construyó allí mismo su palacio.
La puerta del palacio
estaba cerrada, pero enseguida se acercó hacia nosotros un joven que
estaba sentado a la sombra de los baobab. Avanzaba hacia nosotros como
si estuviera sentado en el suelo. Tenía las piernas cruzadas en posición
de yoga, y se desplazaba con los brazos, llevando unas chanclas en las
manos. La polio había dejado sus piernas encogidas, y al no hacer ningún
ejercicio no se desarrollaron. Pero en los brazos tiene una fuerte
musculatura, pues los utiliza como si fueran piernas, soportando todo el
peso del cuerpo para desplazarse.
Al decirle que
veníamos a ver al rey, fue rodeando el muro del palacio para entrar por
la puerta trasera. Se desplazaba con bastante rapidez, con las chanclas
en las manos y sin arrastrar el cuerpo por el suelo. Mientras seguíamos
contemplando esos enormes baobab, el joven minusválido abrió la pequeña
puerta del palacio, y nos indicó que debíamos descalzarnos y entrar a
gatas por esa pequeña puerta. Estuvo con nosotros durante la entrevista
con el rey, y luego nos acompañó hasta la salida.
Le pregunté por su
situación, pues nunca le había visto arrastrándose por las calles, como
se ve a otros minusválidos. Me dijo que se llamaba Seedu, y que era un
pariente del rey. Tenía pues la condición de príncipe por ser
descendiente de la dinastía de los Akpaki. Pero ser un príncipe en estas
tierras africanas no conlleva ninguna prerrogativa, pues los reyes
tienen muchas mujeres y los descendientes de un rey son muy numerosos.
Los príncipes sólo hacen valer su condición al presentar su candidatura
para la elección de un nuevo rey.
Seedu había dejado se
pueblo natal, y había venido a Parakou para ver si el rey le ayudaba a
aprender un oficio que pudiera ejercer teniendo en cuenta su minusvalía.
Llevaba tres años viviendo en la casa del rey, pero el rey le decía que
no tenía dinero para pagar el aprendizaje de un oficio. Pasaba pues el
día a la sombra de un árbol, para anunciar al rey la llegada de las
visitas. Apenas se alejaba de la casa del rey, pues no tenía un triciclo
para ir por la ciudad, y con los brazos y las manos no puede llegar muy
lejos. Al marcharnos le dije que le daríamos un triciclo, para que
tuviese un buen recuerdo de la visita de esas señoras madrileñas.
Encargué un triciclo,
y cuando ya estaba hecho llevé a Seedu a la fábrica para recogerlo.
Estuvo probándolo, y enseguida dijo que podía ir pedaleando hasta la
casa del rey. Cuando ya estaba montado en el triciclo, le dije que
pensara qué oficio le gustaría ejercer, y que viniera a decírmelo a la
parroquia. Esa misma tarde se presentó en la parroquia con su triciclo
nuevo, dándome las gracias y diciéndome que le gustaría aprender a
reparar aparatos de radio y televisión. Como Seedu es musulmán, le hice
comprender que ese triciclo se había pagado con dinero de personas
cristianas, que lo habían dado para que yo ayudara a personas
necesitadas, y en su oración musulmana debía dar gracias a Dios por ese
gesto que habían tenido los cristianos.
Días después fuimos a
un taller de reparación de radio y televisión, no lejos de la casa del
rey. En el pequeño taller no se podía entrar, pues estaba lleno de
viejos aparatos de televisión amontonados en el suelo. El patrón estaba
fuera del taller, a la sombra de un cobertizo, y allí tenía una mesa en
la que estaba trabajando. Aceptó la propuesta de acoger a Seedu como
aprendiz, y fijamos las condiciones para entregarle un diploma de fin de
aprendizaje a los dos años
De cuando en cuando yo
pasaba por el taller para ver los progresos que hacía Seedu en la
reparación de aparatos. Unas veces tenía entre manos un televisor, otras
una radio, y a veces un compact disk, y me decía que ese oficio no es
difícil, pues basta verificar las piezas una a una con un instrumento de
medidas, para ver si pasa o no la corriente, y así localizar la avería.
Entonces pregunté al patrón por qué había en el taller tantos aparatos
sin reparar, y me decía que no hay piezas de recambio para esos
aparatos, y por eso los propietarios no se los llevan. Allí los tiene
amontonados, y cuando necesita utilizar alguna pieza de esos viejos
aparatos, se lo compra al propietario a un bajo precio, y va sacando las
piezas a medida que las necesita.
También pregunté al
patrón si ha tenido alguna avería que no ha sabido reparar, y me dijo
con toda sinceridad que en esos casos lleva el aparato a otro técnico
más cualificado, y así aprende a reparar todo tipo de averías. Nunca ha
tenido en sus manos un manual de reparación, y todo lo ha aprendido
verificando las piezas una a una con un instrumento de medidas. Esa
práctica que ha ido adquiriendo le permite reparar cualquier tipo de
aparatos, y ese saber hacer lo ha ido transmitiendo a Seedu durante dos
años.
Para liberar a los
aprendices de sus obligaciones con los patrones y hacerles entrega de un
diploma, los patronos organizan una fiesta, y los aprendices deben
aportar todo lo necesario para la comida : pollos, cabritos, maíz, arroz
y bebidas. Llegué a un acuerdo con Wahab Mamma, el patrón, para que la
fiesta de la liberación se hiciera con toda sencillez, y se limitó a
unas bebidas no alcohólicas por ser musulmán. El patrón le fue haciendo
entrega del diploma que le cualifica como reparador de radio y
televisión, y de todos los instrumentos necesarios para empezar a
trabajar.
Cuando recibió la
liberación, el rey Akpaki ya había muerto, pero el deseo que tenía Seedu
de aprender un oficio en Parakou se había cumplido.
Un saludo desde esta
tierra africana.
Guillermo Moret
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