|
La
bondad es un camino paralelo al poder. Es un camino subterráneo. El débil
tiene sus armas propias que no figuran en los
modelos convencionales, pero todos saben que
existen y son admirados en silencio. El más
pequeño puede triunfar sin ambicionarlo,
apoyado y empujado por la solidaridad de los pequeños.
Son
ellos los que revelan un sentido nuevo, una
solución oculta que nadie ha sabido encontrar.
Mi
cuento emprende el vuelo y va a posarse sobre un rey que tenía una hija
bellísima. Era tan bella que todos los hombres que la veían se
enamoraban de ella y deseaban tenerla como esposa. Muchos jóvenes
pretendientes la visitaban con la intención de pedirle su mano. La
particularidad de esta joven era que se parecía a su madre como una gota
de agua se puede parecer a otra. Su semejanza era tan grande que siempre
se confundían los que se dirigían a una de ellas.
Cuando
llegaba a palacio uno de estos jóvenes pretendientes, el rey le proponía
un trabajo durante una temporada, después
del cual hacía comparecer ante el enamorado joven a su esposa y a su hija
y le pedía que distinguiese entre las dos mujeres a la princesa. Y todos,
sin excepción, se equivocaban.
En
un lugar retirado del reino, tres hermanos oyeron hablar de la belleza
extraordinaria de la hija del rey y decidieron probar suerte ellos también.
El primero que lo intentó fue el hermano mayor, Kofi,
que se puso en camino una mañana hacia el palacio real. Durante el
trayecto, una paloma vino a posarse a la orilla del camino por donde el
joven iba a pasar y se dirigió a él diciendo:
—Kofi,
tengo hambre. ¿Podrías darme una grano de maíz? Kofi le respondió con
aire despreocupado:
—¿Tú
crees que no tengo otra cosa que hacer que darte ahora de comer? Llevo una
misión más importante. Y siguió su camino como si tal cosa.
Un
poco más adelante, una mosca se posó sobre su hombro y le dijo:
—Kofi,
¿podrías darme un grano de arroz? Pero Kofi ni siquiera la miró y siguió
su camino murmurando:
—Si
te crees que no tengo otra cosa que hacer que prestar atención a tus
impertinencias...
Después
del encuentro con la mosca, no tardó en llegar a palacio. Preguntó por
el rey y. cuando le condujeron ante él, con mucho respeto y temor le
explico la razón de su visita:
—Señor,
vengo a pediros la mano de vuestra hija. —Joven,
le contestó el rey, antes de que te pueda conceder la mano de mi hija
tendrás que cumplir unos requisitos: en primer lugar, recogerás el maíz
que va está maduro en mi campo; a continuación, segarás un campo de
arroz y, finalmente, deberás distinguir entre la princesa y su madre.
Kofi
aceptó sin dudar las condiciones que le proponía el rey, pensando que no
tendría ninguna dificultad en salir vencedor de la prueba y poder casarse
con su hija. Feliz y decidido, se puso de inmediato a recoger el maíz y
segar el arroz. Los campos eran grandísimos y estuvo trabajando sin cesar
durante toda una luna. Terminó su trabajo completamente agotado y, cuando
el rey le presentó a las dos mujeres, Kofi
se equivocó y señaló a la madre como todos los pretendientes
anteriores.
Con
su fracaso a cuestas, Kofi volvió a su casa muy triste, desanimado y
agotado. Pero su segundo hermano, Yao, al
ver que su hermano mayor no había conseguido casarse con la princesa,
pensó que ahora se le presentaba su oportunidad y haría todo lo posible
para no dejarla escapar como su hermano. Estaba plenamente seguro de poder
casarse con la princesa y, al día siguiente, se fue a palacio. Durante el
trayecto se encontró, como su hermano Kofi,
con una paloma y una mosca que le pidieron la primera un grano de maíz y
la segunda un grano de arroz para comer. Yao no les hizo el menor caso y
no se detuvo hasta llegar a palacio. Una vez delante del monarca, con
mucho respeto y temor le explicó el motivo de su visita: —Majestad,
vengo a pediros la mano de vuestra hija. El rey le presentó las mismas
condiciones que a su hermano mayor. Yao las aceptó inmediatamente y se
puso a trabajar.
Durante
una luna recogió maíz y segó arroz sin descanso y terminó totalmente
exhausto, de tal modo que, cuando tuvo que distinguir y señalar a la
princesa, se equivocó y señaló a su madre como habían hecho los otros.
Yao volvió a su casa muy triste.
Cuando
llegó el turno de Konan, el más pequeño
de los hermanos, éstos se reían de él:
—Nosotros,
que somos mayores y sabemos más que tú, no hemos sido capaces de acertar
y ¿crees que un niño como tú lo puede conseguir? Imposible. Y trataron
de desanimarlo por todos los medios. Pero una mañana, cuando el sol
aparecía tímidamente por el horizonte intentando abrirse paso entre el
follaje, Konan, contento y decidido, cogió el camino que llevaba a
palacio. Hacía poco que había dejado su casa cuando una paloma vino a
detenerse a pocos pasos de él y le saludó diciendo:
—Buenos
días, Konan, ¿podrías darme un grano de maíz para comer?
El
muchacho buscó en su zurrón, sacó un grano de maíz y se lo dio a la
paloma. Entonces, la paloma le dijo:
—Konan,
puesto que has sido bondadoso conmigo, quiero corresponder yo también a
tu generosidad: si el rey te pide que recojas el maíz de su campo y
siegues su arroz, di en voz baja: "Amiga
paloma, ¡sálvame!" Y enseguida me tendrás a tu lado para ayudarte.
El
muchacho continuó su camino y, un buen trecho más adelante, una mosca se
posó sobre su hombro y le dijo:
—Buenos
días, Konan, ¿puedes darme un grano de arroz para comer?
Konan
miró en su zurrón, sacó un grano de arroz y se lo dio a la mosca: ésta
le dijo:
—Muchas
gracias, Konan, y puesto que has sido bondadoso conmigo, yo también
quiero serlo contigo: si el rey te presenta a dos mujeres, su esposa y su
hija, y te pide que le señales a la princesa, dices en voz baja:
"Amiga mosca, ¡sálvame!" Y vendré en tu ayuda.
Konan
llegó a palacio y, cuando le acompañaron hasta la presencia del rey, con
todo respeto explicó al rey el motivo de su visita:
—Señor,
vengo a pediros la mano de vuestra hija. El rey le contestó:
—Para
casarte con mi hija tendrás que recoger el maíz de mis campos y segar el
arroz que ya está maduro.
Konan
aceptó las condiciones del rey, pero cuando vio la inmensidad de los
campos de maíz y de arroz, se le desvanecieron todas las esperanzas hasta
que recordó lo que la paloma le había dicho por el camino. Entonces dijo
en voz baja: —Amiga
paloma, ¡sálvame!
De
repente, una nube de palomas apareció en el cielo que se precipitó sobre
los campos de maíz y de arroz y en un instante recogieron toda la cosecha
y la metieron en los graneros de palacio. Konan fue a ver al rey y le dijo
que toda su cosecha estaba ya en sus graneros. El monarca miró incrédulo
a Konan, pero pronto pudo constatar que lo que el joven le había dicho,
era cierto. Y pasó a la segunda prueba: presentó a su esposa y a su hija
ante Konan y dijo:
—Muchacho,
antes de casarte con mi hija tendrás que decirme cuál es.
Konan
miró a las dos mujeres. Eran bellísimas, pero eran tan semejantes que se
sintió incapaz de distinguir a la hija de la madre. Recordó las palabras
de la mosca y dijo en voz baja: —Amiga
mosca, ¡sálvame!
Y
la mosca que se había encontrado en el camino de palacio se presentó y
fue a posarse sobre la cabeza de la princesa. Konan, sin dudarlo un
instante, señaló a la joven y dijo: —Señor,
ésta es.
Konan
acertó y el rey cumplió su palabra; y no sólo concedió la mano de su
hija al muchacho sino que también lo colmó de riquezas, prometiéndole
además que sería él el sucesor de su trono.
Y
aquí termina mi cuento que quiere demostrar que, en la vida, los que
triunfan de verdad son los que saben ser buenos con los pequeños e
insignificantes
.
|