SOCIEDAD DE MISIONES AFRICANAS

ÍNDICE

CUENTOS

LA HIJA DEL REY

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La bondad es un camino paralelo al poder. Es un camino subterráneo. El débil tiene sus armas propias que no figuran en los modelos convencionales, pero todos saben que existen y son admirados en silencio. El más pequeño puede triunfar sin ambicionarlo, apoyado y empujado por la solidaridad de los pequeños.

Son ellos los que revelan un sentido nuevo, una solución oculta que nadie ha sabido encontrar.

 

Mi cuento emprende el vuelo y va a posarse sobre un rey que tenía una hija bellísima. Era tan bella que todos los hombres que la veían se enamoraban de ella y deseaban tenerla como esposa. Muchos jóvenes pretendientes la visitaban con la intención de pedirle su mano. La particularidad de esta joven era que se parecía a su madre como una gota de agua se puede parecer a otra. Su semejanza era tan grande que siempre se confundían los que se dirigían a una de ellas.

Cuando llegaba a palacio uno de estos jóvenes pretendientes, el rey le proponía un trabajo durante una temporada, después del cual hacía comparecer ante el enamorado joven a su esposa y a su hija y le pedía que distinguiese entre las dos mujeres a la princesa. Y todos, sin excepción, se equivocaban.

En un lugar retirado del reino, tres hermanos oyeron hablar de la belleza extraordinaria de la hija del rey y decidieron probar suerte ellos también. El primero que lo intentó fue el hermano mayor, Kofi, que se puso en camino una mañana hacia el palacio real. Durante el trayecto, una paloma vino a posarse a la orilla del camino por donde el joven iba a pasar y se dirigió a él diciendo:

Kofi, tengo hambre. ¿Podrías darme una grano de maíz? Kofi le respondió con aire despreocupado:

¿Tú crees que no tengo otra cosa que hacer que darte ahora de comer? Llevo una misión más importante. Y siguió su camino como si tal cosa.

Un poco más adelante, una mosca se posó sobre su hombro y le dijo:

Kofi, ¿podrías darme un grano de arroz? Pero Kofi ni siquiera la miró y siguió su camino murmurando:

Si te crees que no tengo otra cosa que hacer que prestar atención a tus impertinencias...

Después del encuentro con la mosca, no tardó en llegar a palacio. Preguntó por el rey y. cuando le condujeron ante él, con mucho respeto y temor le explico la razón de su visita:

Señor, vengo a pediros la mano de vuestra hija. Joven, le contestó el rey, antes de que te pueda conceder la mano de mi hija tendrás que cumplir unos requisitos: en primer lugar, recogerás el maíz que va está maduro en mi campo; a continuación, segarás un campo de arroz y, finalmente, deberás distinguir entre la princesa y su madre.

Kofi aceptó sin dudar las condiciones que le proponía el rey, pensando que no tendría ninguna dificultad en salir vencedor de la prueba y poder casarse con su hija. Feliz y decidido, se puso de inmediato a recoger el maíz y segar el arroz. Los campos eran grandísimos y estuvo trabajando sin cesar durante toda una luna. Terminó su trabajo completamente agotado y, cuando el rey le presentó a las dos mujeres, Kofi se equivocó y señaló a la madre como todos los pretendientes anteriores.

Con su fracaso a cuestas, Kofi volvió a su casa muy triste, desanimado y agotado. Pero su segundo hermano, Yao, al ver que su hermano mayor no había conseguido casarse con la princesa, pensó que ahora se le presentaba su oportunidad y haría todo lo posible para no dejarla escapar como su hermano. Estaba plenamente seguro de poder casarse con la princesa y, al día siguiente, se fue a palacio. Durante el trayecto se encontró, como su hermano Kofi, con una paloma y una mosca que le pidieron la primera un grano de maíz y la segunda un grano de arroz para comer. Yao no les hizo el menor caso y no se detuvo hasta llegar a palacio. Una vez delante del monarca, con mucho respeto y temor le explicó el motivo de su visita: Majestad, vengo a pediros la mano de vuestra hija. El rey le presentó las mismas condiciones que a su hermano mayor. Yao las aceptó inmediatamente y se puso a trabajar.

Durante una luna recogió maíz y segó arroz sin descanso y terminó totalmente exhausto, de tal modo que, cuando tuvo que distinguir y señalar a la princesa, se equivocó y señaló a su madre como habían hecho los otros. Yao volvió a su casa muy triste.

Cuando llegó el turno de Konan, el más pequeño de los hermanos, éstos se reían de él:

Nosotros, que somos mayores y sabemos más que tú, no hemos sido capaces de acertar y ¿crees que un niño como tú lo puede conseguir? Imposible. Y trataron de desanimarlo por todos los medios. Pero una mañana, cuando el sol aparecía tímidamente por el horizonte intentando abrirse paso entre el follaje, Konan, contento y decidido, cogió el camino que llevaba a palacio. Hacía poco que había dejado su casa cuando una paloma vino a detenerse a pocos pasos de él y le saludó diciendo:

Buenos días, Konan, ¿podrías darme un grano de maíz para comer?

El muchacho buscó en su zurrón, sacó un grano de maíz y se lo dio a la paloma. Entonces, la paloma le dijo:

Konan, puesto que has sido bondadoso conmigo, quiero corresponder yo también a tu generosidad: si el rey te pide que recojas el maíz de su campo y siegues su arroz, di en voz baja: "Amiga paloma, ¡sálvame!" Y enseguida me tendrás a tu lado para ayudarte.

El muchacho continuó su camino y, un buen trecho más adelante, una mosca se posó sobre su hombro y le dijo:

Buenos días, Konan, ¿puedes darme un grano de arroz para comer?

Konan miró en su zurrón, sacó un grano de arroz y se lo dio a la mosca: ésta le dijo:

Muchas gracias, Konan, y puesto que has sido bondadoso conmigo, yo también quiero serlo contigo: si el rey te presenta a dos mujeres, su esposa y su hija, y te pide que le señales a la princesa, dices en voz baja: "Amiga mosca, ¡sálvame!" Y vendré en tu ayuda.

Konan llegó a palacio y, cuando le acompañaron hasta la presencia del rey, con todo respeto explicó al rey el motivo de su visita:

Señor, vengo a pediros la mano de vuestra hija. El rey le contestó:

Para casarte con mi hija tendrás que recoger el maíz de mis campos y segar el arroz que ya está maduro.

Konan aceptó las condiciones del rey, pero cuando vio la inmensidad de los campos de maíz y de arroz, se le desvanecieron todas las esperanzas hasta que recordó lo que la paloma le había dicho por el camino. Entonces dijo en voz baja: Amiga paloma, ¡sálvame!

De repente, una nube de palomas apareció en el cielo que se precipitó sobre los campos de maíz y de arroz y en un instante recogieron toda la cosecha y la metieron en los graneros de palacio. Konan fue a ver al rey y le dijo que toda su cosecha estaba ya en sus graneros. El monarca miró incrédulo a Konan, pero pronto pudo constatar que lo que el joven le había dicho, era cierto. Y pasó a la segunda prueba: presentó a su esposa y a su hija ante Konan y dijo:

Muchacho, antes de casarte con mi hija tendrás que decirme cuál es.

Konan miró a las dos mujeres. Eran bellísimas, pero eran tan semejantes que se sintió incapaz de distinguir a la hija de la madre. Recordó las palabras de la mosca y dijo en voz baja: Amiga mosca, ¡sálvame!

Y la mosca que se había encontrado en el camino de palacio se presentó y fue a posarse sobre la cabeza de la princesa. Konan, sin dudarlo un instante, señaló a la joven y dijo: Señor, ésta es.

Konan acertó y el rey cumplió su palabra; y no sólo concedió la mano de su hija al muchacho sino que también lo colmó de riquezas, prometiéndole además que sería él el sucesor de su trono.

Y aquí termina mi cuento que quiere demostrar que, en la vida, los que triunfan de verdad son los que saben ser buenos con los pequeños e insignificantes

 

.